DIABOLIQUÍN

(¡Pam, pam, pam!)

Tres disparos suenan en la oscuridad de la fría noche encontrando como destino la espalda, abdomen y pierna de Minguete, un miserable malandrín que es conocido en Río Piedras por asaltar panaderías, robar piezas de carros y violar caballos realengos. La sangre se pega a su camisa Jordan ‘fake’, el aire comienza a faltarle y se le nubla la vista a Minguete, a la misma vez que corre sin saber hacia dónde se dirige. El despreciable bribón intentaba hurtar un cachorro de husky siberiano que le regalaría a su novia Yetzabel ese mismo día, fecha en la que ella cumplía años; pero debido a su imprudencia terminó con tres balas vaciando el plasma de su enclenque cuerpo. 

Esta historia va muy de prisa, así que volvamos al inicio. 

La pareja de Minguete una trigueña madre soltera de pelo malo bien planchado y patillas encaracoladas se encontraba terminando su faena como mucama en el hogar de una acaudalada familia de Montehiedra, a la misma vez que su marinovio esperaba en las afueras de la residencia que ella terminara de doblar los gigantes calzoncillos del dueño de la casa. 

Yetzabel voluptuosa hembra de pezones oscuros y tentador cuerpo, conocida en el caserío por chingar asquerosamente ricocon el mismo ritmo del letal Steven Seagal movía las manos y apuraba su paso, a la vez que lamentaba que su jefe Eladio tuviera el culo de un tamaño tan monumental que la labor de guardar un calzoncillo en la gaveta resultaba más difícil que ser manco e intentar poner una cortina de lona. Minguete, un hombre tan despistado que incluso en una ocasión se le olvidó asistir al funeral de su madre, sentado en su tártala esperando a su amada Yetzabel, recordó que su mujer la que mantiene cada uno de sus vicios celebraba ese día su cumpleaños. 

El canalla con pene largo y flaco sabía que comerían arroz chino a petición de su marinovia, pero había olvidado por completo el motivo de la cena, ya que solo en momentos especiales era que salían a comer en restaurantes. Minguete no le había comprado ningún regalo a Yetzabel, así que se le ocurre una genial idea a última hora: robar en alguna casa de la urbanización donde trabaja su amada para conseguirle un obsequio en su natalicio. 

Para su suerte, el guardia de seguridad que está de turno en la urbanización es su amigo de la infancia Miguel Arroyo, así que no teme que le llamen la Policía porque sabía la ética de la calle de su pana. 

El perverso bandolero inicia la marcha de su Toyota Corolla ‘98 con bonete mohoso, y mientras el carro tiene problemas con los “espares” y brinca un poco en su andar por la vía, el valiente enamorado da varias vueltas por la urbanización de acceso controlado de la forma más sospechosa posible, hasta detenerse en una casa que tenía un cartel que decía “Esta familia es cristiana”. 

Puñeta, aquí es que es. Déjame llevarme la pistola por si acaso tengo que meterle con el cabo en la chola a alguien que se ponga bruto. 

Minguete sacó de la guantera una pistola vieja, colocó la única bala que tenía y puso el arma en la cintura dispuesto a brincar el muro de la casa. Antes de escalar la residencia, se dio un pase de perico para estar avispado y alerta ante lo que él pensaba que era una fácil encomienda. “¿Qué carajo puede pasarme en una casa de cristianos?”, pensó mientras sonreía con arrogancia y saboreaba el botín que aún no tenía en sus manos. 

El ladrón de ojos vidriosos y quijada trancá observó a todos lados para asegurarse que no hubiesen testigos, miró tímidamente por el portón y notó que al parecer en el hogar no había gente. “Papito, estás querido”, se dijo a sí mismo al mismo tiempo que frotaba sus callosas palmas, las mismas manos callosas que esa noche agarrarían pepper steak y luego sobarían las enormes y caídas tetas de su mujer. 

Lleno de valor y adrenalina, comenzó a escalar el muro hasta entrar en los predios de la residencia, y con una pequeña herramienta que siempre tenía en su bolsillo debido a su oficio a tiempo completo como pillo forzó la entrada hasta llegar al zaguán. “Coño, estos cabrones viven bien.” dijo a la vez que observaba un gran cuadro de Lolita Lebrón. “¿Quién carajo será esa vieja pendeja?”, pensó antes de continuar caminando por la gran casa. 

Con el arma en su mano izquierda, el bandolero decidió buscar la cocina para ver si había ron, pues a su novia le gustaba mucho la ginebra y sabía que le encantaría una botella como regalo. Mientras caminaba por la residencia que parecía un museo, un tierno cachorro de siberian husky se le acerca; con débiles ladridos que parecían ronquidos de adulto con apnea del sueño, el pequeño mamífero daba prueba de su carácter ante el pendejo de Minguete. 

El ratero observa al cachorro y se le ocurre que no solo podría regalarle una botella de ginebra a su mujer, sino que también podría regalarle un perro, pues la mascota que Yetzabel tenía una agresiva boa llamada Soraya fue confiscada por el Departamento de Recursos Naturales por culpa de un vecino chota. Yetzabel amaba a los animales, y solo eso explicaba con algo de lógica el porqué carajo estaba con Minguete. 

El caballero de pelo grifo con aretes y una delgada cadena chapada en oro tomó al perro, que le enterró sus frágiles colmillos en el brazo, provocando que el títere gritara “¡ay, cabrón!” e instintivamente le metiera con el cabo de la pistola en la pequeña cabecita al perro. De repente, la voz de una dulce anciana se escucha en el fondo del inmenso hogar. 

¿Quién carajo anda ahí? 

Minguete apretó al perro en las costillas para desquitarse, pues aunque quería darle un buen puño en la cara al animal, debía huir de la residencia antes que fuese demasiado tarde. El malhechor tomó una de las botellas de la cocina (que resultó ser vino para cocinar), agarró con la otra mano al perro y se dispuso a escapar de la casa.

Minguete era muy delgado, así que antes de brincar se colocó la botella en el espacio vacío que quedaba entre el pantalón y su coxis, tiró el perro por encima del muro, y se dispuso a brincar para abandonar la escena en su vehículo. El cachorro a quien sus dueños bautizaron como Silvino voló por los aires antes de que su nuevo amo comenzara a escalar el muro. Minguete brincó con todo lo que pudo, se agarró del cemento, subió una pierna y… 

(¡Pam, pam, pam!) 

Tres disparos encontraron como destino la espalda, abdomen y pierna de Minguete, y la autora de las detonaciones había sido la dulce anciana, una asidua fanática de las armas desde su juventud. Minguete pudo brincar a duras penas, y cayó al piso herido; el criminal solo tuvo tiempo para tomar a Silvino, quien volvió a morderlo esta vez con más fuerzas, y la botella que tenía entre el coxis y el pantalón se rompió, provocándole una herida que le hacía chorrear sangre hasta el mismo centro del fundillo. 

(¡Pam, pam, pam, pam!) 

La anciana no se detenía en su misión de acabar con el criminal, y la vieja era tan hábil que hasta le había dado break de llegar con su silla de ruedas al portón para continuar la refriega. La vetusta comenzó a gritar, mientras sacaba una nueva escopeta de un maletín en el espaldar de la silla de ruedas. 

¡Dame el perro, coño! 

Minguete corría como podía, con el perro en una mano y el arma en la otra, pero no podía ir muy lejos desangrándose de la manera que lo estaba haciendo, así que se le ocurrió otra fantástica idea. 

Puñeta, me tengo que meter en una casa. 

Es así como Minguete logra entrar como Juan por su casa a una residencia que tenía el portón abierto. Bañado en sangre cruza hacia el área de la piscina, y se tumba en una esquina donde hay varias cajas que al parecer el dueño de la residencia iba a botar. Con la vista borrosa y respirando con dificultad, Minguete percibe que en las cajas hay un peluche o un muñeco de trapo.

El mediocre bandido suelta el perro, a quien hasta el momento lo tenía pegado a la herida del abdomen para que funcionara como una gasa para frenar la sangre, y se arrastra hasta el muñeco, pues la guata de la marioneta puede ayudarlo a frenar un poco la hemorragia. 

Minguete toma el muñeco con cabello blanco rizado, y observa cuán feo y annoying es. Iba a colocar el muñeco para parar el sangrado, pero se le ocurrió hacer lo que cualquier ser humano haría en un momento de desespero: realizar un pacto satánico. 

Dando unos últimos intentos para hablar, Minguete invoca a Satanás y le pide que lo salve de morir, pues aún quiere sentir las dulces casquetas que le hacía Yetzabel todas las mañanas antes de irse a trabajar a Montehiedra. 

(¡Pam, pam, pam!) 

La dulce anciana encontró a Minguete, quien se había refugiado en casa de su vecina Milly Cangiano. La francotiradora disparó tres veces: dos tiros le dieron al bribón y un tercer tiro le dio a Silvino, ya que a la anciana se le pinchó un nervio y esto provocó que moviera un poco la escopeta cambiando el rumbo de la bala. Ambos murieron en el acto. 

La anciana tomó al perro para enterrarlo en el patio antes de que llegaran sus amados nietos, y de una vez agarró el arma de Minguete, mientras que el abatido cuerpo del rufián se vaciaba provocando que la espesa sangre fluyera hasta llegar a la piscina. Sesenta lentos segundos pasaron… y el muñeco de cabello blanco rizado parpadeó. Sus labios se mueven lentamente hasta mostrar una pequeña y maquiavélica sonrisa, y con la sangre del cadáver de Minguete escribe en el piso “estoy vivo”. 

Al llegar la dueña al hogar, encontró el cadáver del criminal junto al muñeco. Vio el mensaje que estaba escrito en el piso, y volvió a observar el muñeco que le regala una paralizada suave sonrisa. Antes de llamar a la Policía, la señora Milly tomó la marioneta, y sin hacerle mucho caso al cuerpo abatido de Minguete, observó el muñeco con sospecha y la escena le creó muchas dudas. 

Siempre que intento botarte pa’l carajo, pasa algo extraño. Ya sé que voy a hacer contigo. 

Al otro día, la mujer de dientes torcidos llevó el muñeco al correo, y dispuso de él al enviarlo en una caja como regalo de navidad a uno de sus mejores amigos llamado Fortuño. Minguete, ahora en el cuerpo de un muñeco, se disponía a tomar venganza contra la anciana que lo mató, y luego regresaría donde su bellaca amada Yetzabel para hacerle el amor otra vez.

Era el 6 de enero, día de la repartición de juguetes en La Fortaleza, y mientras los niños reciben bolas de baloncesto, juegos de mesa y laptops que le compraron a un suplidor del gobierno a sobreprecio, el pequeño Yandel José hacía la fila esperando que no le dieran ninguna de esas mierdas de regalos. Mientras se acercaba su turno, se rascaba sus pequeños huevos sin pudor alguno, pues si hay algo que ningún hombre puede soportar por más pequeño que sea es tener picor en sus genitales. 

La gritería de los otros niños lo tenía nervioso, y tampoco lo calmaba el llanto del resto de los menores, que al tener el regalo en sus manos comenzaban a llorar con rabia a la misma vez que decían “¡esto es una mierda, yo quería un Playstation!”. Yandel José observó que habían telereporteros en el área, y escuchó a una madre hablando con los obreros de la noticia mientras decía “es un abuso lo que tiene el gobierno penepé, estos regalos son una mierda. Nosotros llegamos aquí a las tres de la mañana esperando que nos dieran un televisor”.

El brillante niño de diez años sabía que también sería víctima de las baratijas que le daría el primer mandatario, quien con su pollina alocada y su sonrisa de cura sospechoso que se roba la ofrenda, entregaba uno a uno los obsequios a personas de escasos recursos. 

Al llegar el turno de Yandel José, las bolas se habían acabado, las laptops también, y solo quedaban un par de juegos de mesa de Parchís. El feo niño abrió sus manos esperando el antiguo juego -porque peor es nada- y abrió los enormes rotos de su nariz mostrando apatía, pero el gobernador al ver la cara de Yandel José y notar su rostro de adulto divorciado aborrecido de la vida, decidió darle un regalo que le había enviado hacía unos días una de sus mejores amigas: un dulce muñeco con sonrisa traviesa. 

El horrible niño tomó el muñeco con desgano, mientras el gobernador rompía el protocolo y le plantaba un beso en su sucia mejilla e ignoraba el fuerte olor que el menor tenía a Chef Boyardee, a la misma vez que sonreía para el “photo op”. El mocoso se fue encabronado de la fila, y se dirigió a hacer turno en la línea de los padres molestos que querían decirle su indignación a las cámaras de la prensa. Cuando estaba firme en la cola, observa al muñeco, y este abre los labios lentamente hasta darle una leve sonrisa. 

’Pérate, ¿el maricón este me está sonriendo? Yandel José se preguntó sin miedo. 

El muñeco abre un poco más la boca para mostrar sus dientitos de algodón y asegurarle al chiquillo que evidentemente le está sonriendo. 

Cabrón, ¿y cómo es que tú sonríes? 

Yandel había visto muchas veces a su tío fumar yerba y luego coger a una gallina de palo para mecerla como un bebé, así que un muñeco que sonríe no le sorprendía ni lo asustaba. El simpático muñeco abrió un poco más la boquita y enrolló su lenguita de cartón, mostrándole amistad a Yandel José, quien continuaba rascándose sus partes íntimas como si no hubiese un mañana. El cabezón niño se acercó a la oreja del muñeco, y le susurró unas palabras para comprender si en efecto la marioneta tenía vida. 

¿Cómo te llamas, mamabicho? 

El títere movió su cuellito sutilmente y le dijo al oído “me llamo Minguete, pero tú puedes decirme padrastro, so huelebicho”. 

Yandel José observó al muñeco, que ahora hacía una mueca al estilo de Tita Guerrero, y le mostraba sus pequeños colmillitos de algodón como si fuera un chihuahua; es así como el pequeño culicagado decide salirse de la fila e irse con el títere de guata para el caserío. Yandel José volvió a mirar al muñeco y le dijo unas palabras con mucha seguridad: 

Si vuelves a decirme huelebicho, te voy a prender en gasolina con mis primos. 

El muñeco cambió su satánico rostro por unos segundos y abrió los ojos grandemente, pues descubrió que ese niño no era ningún bobolón. Yandel José se fue caminando con el mismo andar de un recluso en el pasillo de la cárcel, y le expresó una última línea antes para dejar todo claro. 

Minguete se llamaba un pendejo que le violó dos caballos al pai mío y luego se los mató por joder, así que mejor te vas a llamar Diaboliquín, ¿oi’te? 

Sin más remedio, el depravado muñeco aceptó el nuevo nombre. Yandel José caminó hacia Yadira, su mamá, y le expresó su molestia por las porquerías que estaba regalando el gobierno. La mujer de carnes blanditas con un apretado dubi de gorrito -a la usanza de Héctor el Father- y barriga desmedida -redundantemente a la usanza de Héctor el Father- miró a su hijo y pasó su dedo índice por la legaña seca que parecía una crujiente hojuela de maíz y que decoraba el ojo del menor para removerla, luego miró su uña acrílica para verla por última vez y sacudir la secreción que ahora pretendía cabalgar su dedo. 

No te preocupes, mi amor. Cuando lleguemos a casa te voy a cocinar tu plato favorito: chuletas con papas fritas bañaítas en ketchup. 

El niño sonrió mostrándole sus dientes de conejo, mientras el muñeco guinda con la cabeza rozando el suelo y la pierna derecha agarrada por Yandel José. La familia caminó bajo el candente sol hacia el terminal Covadonga de la AMA, y esperaron cuarenta y cinco minutos antes que una guagua los llevara al caserío. 

Durante el camino, Yandel José y Diaboliquín no dejaron de mirarse a los ojos, pues ninguno confiaba en el otro. El pequeño cabrón aprovechó que el muñeco no podría hablar, así que comenzó a pellizcarle los codos de algodón con el único fin de joderlo. Diaboliquín resistió el dolor con una sonrisa, y mientras Yadira se distrajo en una conversación con otra pasajera sobre el pésimo servicio de la transportación pública, Diaboliquín le dijo en voz baja a Yandel José que si su mamá no fuera tan fea, se la ligaría desnuda. El niño respondió cogiendo al muñeco y escondiendo su cara debajo de su axila hedionda, que expulsaba un olor similar al del ketchup junto a la mayonesa y cebolla dentro de un sándwich de panadería. 

Al bajarse de la guagua, Yandel José le dijo a su mamá que iría jugar con su horrendo muñeco de mierda. Los nuevos amigos se fueron hasta la cancha de baloncesto del caserío, que por casualidad estaba vacía, ya que la Policía había arrestado a tres mozalbetes media hora antes. Diaboliquín observó el área desde su baja estatura, y reconoció el lugar. 

Maricón, yo conozco este lugar. 

Si me vuelves a decir “maricón”, le diré a mi papá que te dé dos tiros. 

¿Este es el residencial Gilberto Concepción de Gracia? 

Ese mismo, cabeza de bicho. 

Diaboliquín ve los canastos sin mallas, observa los bleachers de cemento escritos con spray y recuerda con nostalgia las veces que puso a capotear a su amada Yetzabel en ese mismo lugar, aquellas noches locas en que las percos, la marihuana y los Gasolina Pink Martini entraban en sus cuerpos y las inhibiciones se liberaban. El inquieto niño rompe el silencio con una propuesta indecente. 

Diaboliquín, ¿tú sabes fumar? 

El muñeco afirma con la cabeza, así que el majadero niño baja sus defensas y le abre su corazón. 

Me gustaría aprender a fumar cigarrillos, pero mis amigos son unos pendejos. Intenté robarme una cajetilla del colmado donde mi mamá coge fiao, pero Emeterio, el dueño del colmado, me chotió. Mi papá me castigó llevándose el televisor de la casa. 

¿El televisor? 

Sí, luego mi mamá se enteró que lo llevó a empeñar para comprarle heno a los caballos que después le mataron y nunca más trajo el televisor de vuelta. Anyway, te tengo una misión: tienes que robarte una cajetilla en el colmado. Eres un peluche y nadie sospecharía de ti. ¿Tú tienes culo? 

La marioneta gira su cuerpo hacia la derecha, junta su dedo del corazón y su dedo índice para frotarlos contra su parte trasera, descubriendo que tiene un orificio bastante abierto. 

Sí... tengo un roto aquí. 

Bien, vamos a ir al colmado. Yo tengo dos pesos que le robé a mi pai, y en lo que busco unos Doritos y un refresco, tú te tumbas los cigarrillos. El dueño no va a dejar de velarme porque piensa que voy a volver a robar, así que en lo que yo lo mareo por las góndolas, tú te llevas la cajetilla de cigarrillos y te la escondes en el culo. 

¿Y qué gano yo? 

¿Quieres de las chuletas con papas que hará mi mai? 

La malvada marioneta reflexiona unos segundos, los recuerdos lo invaden y por su cabeza pasa el recuerdo de las veces que pasaba su nariz por el abultado monte de Venus de su amada. Diaboliquín está a pasos del bloque donde reside Yetzabel junto a su hija, y prefiere hacer un cambio de planes. 

Yandel José, si nos robamos la cajetilla de cigarrillos del colmado y te enseño a fumar, tendrás que hacerme un favor. 

¿Qué quieres, cabeza ’e bicho? 

Para empezar, quiero que dejes de decirme cabeza de bicho. Segundo, quiero que me lleves hasta el apartamento donde vive el amor de mi vida. 

¿A quién carajo quieres ver? ¿A una cabbage patch, cabrón? 

Diaboliquín baja la cabeza, y una pequeña y fría lágrima baja por su cachetito de algodón. Se sienta en el bleacher, y con sus piernitas guindando en el aire sin poder tocar el siguiente escalón, exhala y se sincera con el imprudente niño. 

Yandel José, antes de convertirme en esta mierda de muñeco, yo era un bandolero que lo tenía todo: prendas, no pagaba luz ni agua y tenía una novia que me mantenía. Me tirotearon, y antes de morir hice un pacto satánico para volver a ver a la mujer que amo. Mi alma pasó a este muñeco que estaba en el lugar, y llevo semanas tirado de caja en caja pensando en el amor de mi vida… hasta que me salvaste. Y aquí estamos… 

Wao… te has ganado mi admiración. Siempre he soñado que sería un honor morir en la zona de guerra como un títere respetado. 

Pensé en vengarme de la persona que me asesinó, pero el destino me trajo hasta aquí y ya es muy tarde para eso; así que hagamos algo: yo te voy a enseñar a fumar como un verdadero maleante de la calle... y tú me vas a llevar al otro lado del caserío para encontrarme con mi amor. 

Yandel José lo piensa unos segundos, y aunque su mayor duda es cómo carajo Diaboliquín se va a presentar como un muñeco ante el amor de su vida, también le preocupaba el hecho de que su papá le comentó que el residencial estaba dividido en dos bandos por bichotes diferentes que querían matarse. 

Diaboliquín, mi pai me dijo que no cruzara hacia el otro lado, y no es porque tenga miedo de ser tiroteado, sino porque no quiero que se entere y para castigarme se lleve la nevera de casa. 

¿Y así tú quieres ser un títere respetado? Si no te atreves a tomar riesgos, seguramente terminarás como un pendejo… así, como ese tipo. 

El truhán de Diaboliquín señala a un hombre completamente vestido de blanco como un horrendo ángel del cielo, y que a todas luces parece que trabaja como enfermero, pues sus Crocs lo delatan. El mocoso reflexiona sobre la difícil encomienda que le propone la sagaz marioneta, pero su valentía y su honor van mucho más allá de sus miedos y temores. 

Yandel José acepta la misión, y acerca su infantil puño hacia Diaboliquín, quien cierra su manito llena de guata y ambos chocan sus nudillos para establecer el pacto. Quizás Yandel era un niño, pero entendía que en la calle hay que mantener la palabra de hombre. 

Los pequeños granujas caminan hacia el viejo colmado, y ya adentro del establecimiento Yandel José coloca a Diaboliquín en la vitrina donde está la caja registradora, junto al radio donde sonaba “Antídoto y veneno” de Eddie Santiago. El pueril granuja comienza a caminar por las pequeñas góndolas con polvo, y para ganar tiempo se detiene frente al área donde están los tampones y toallas sanitarias. Emeterio lo observa sin ni siquiera pestañear, y ante la tardanza del pequeño desgraciado, abandona su silla frente a la caja registradora para velar de cerca al menor. 

“¿Cuál de estos usa tu mujer?”, le pregunta el niño a Emeterio, para recordarle que su anciana esposa ya no menstrúa. El calvo hombre en camisilla blanca con el área del sobaco color amarillo le dice que si no va a comprar, que se vaya para el carajo; mientras Emeterio y Yandel José tienen la tensa conversación, Diaboliquín se mueve con agilidad para tomar la cajetilla de cigarrillos y un lighter Bic para rápidamente esconderla en su abierto y acolchonado culo.

La tenue sonrisa de la marioneta a lo lejos le avisa al chiquillo que la misión fue completada. Yandel José toma un paquete de Doritos y una Coca Cola, saca sus dos dólares y le paga a Emeterio frente a la góndola. El niño le dispara una última línea a su archirrival. 

Quédate con el cambio pa’ que te compres una camisilla nueva, so puerco. 

Yandel José se mueve hacia la caja registradora y toma a Diaboliquín en sus brazos, quien se le acerca al oído para decirle que avance porque le incomoda la cajetilla en el culo. La dupla se esconde detrás de un grafiteado cajón de la Autoridad de Energía Eléctrica, Diaboliquín se saca del fundillo la caja de cigarrillos, la toma con su mano derecha y la impacta levemente con la palma de su mano izquierda para que el tabaco caiga en su sitio; luego abre la cajetilla, saca el lighter y comienza a fumar el cigarrillo. 

El niño lo observa fijamente, antes de darle la primera jalá al fino cilindro de papel con nicotina. Yandel José lleva su primer cigarrillo a la boca, babea el filtro cuando hala, y como un típico novato comienza a toser sin parar ante la pavera de Diaboliquín, que le dice “pendejo” mientras se ahoga de la risa. La maligna marioneta le dice que hale solo un poco, lo lleve a sus pulmones y luego exhale, pasos que el niño sigue al pie de la letra para tener una mejor ejecutoria y demostrar que es un fumador natural. 

Yandel José, tendremos que darte más práctica si quieres fumar como un verdadero títere. 

Diaboliquín estaba convencido que Yandel lo había hecho bien, pero quería meterle presión para que no solo fuera bueno fumando, sino que fuera el mejor fumador. 

 



El pequeño bandido inhala una vez más antes de devolverle el favor que le debía al execrable muñeco.

Diaboliquín, vamos al apartamento de tu mujer antes de que mami rompa a gritar que la comida esté hecha y tenga que subir a comer.  

La pícara dupla se movió sigilosamente por el bloque donde vivía Yetzabel, no solo para que no notaran su presencia, sino para que no los asesinaran como le había advertido el papá de Yandel. Diaboliquín le dijo al niño con mucha seguridad “ahí es, en el 1E”, y lo expresó con autoridad pues la ventana Miami tenía los hoyos de unos tiros, debido a que en la entrada del apartamento fue el lugar donde murió abatido a tiros el papá de la hija de Yeztabel, luego de que lo atraparon robando media libra de marihuana y 35 dólares. 

Yandel José sintió un poco de miedo, pues la sangre seca aún estaba impresa en las paredes, y un pequeño lagartijo lamía el muro. “Tranquilo, la nena de Yetzabel y yo le pusimos Nolito al lagartijo”, dijo Diaboliquín ante la mirada perpleja del niño que lo menos que le interesaba era saber el nombre del sediento anfibio. Escuchan la epicúrea voz de Yetzabel, quien tiene visita en la sala de su pequeño apartamento. 

El muñeco de cabello rizado se trepa emocionado en la espalda del pequeño groserito para poder ver bien a través de la ventana. La mujer de pezones azabachados y estrías blancas en sus nalgas que la hacían lucir como una tigresa -o una cebra- estaba sentada en su pequeño sofá charlando con un hombre de voz ronca, que le hacía preguntas sobre su vida sentimental y le lanzaba algunos comentarios salameros. 

Ay, mi’jo, si to’s los hombres son iguales, mi amor; el último marido mío se desapareció el día de mi cumpleaños hace unas semanas. ¿Tú vas a dejar a la mujer tuya por mí? 

Yandel José mira a Diaboliquín pensando que es la peor persona o muñeco y este último dice que eso es mentira. El títere le susurra al oído al niño para aclararle lo que sucedió y que no fue un simple acto de desaparición. 

– Cabrón, lo que pasó fue que había olvidado su regalo de cumpleaños y fui a una casa a robarlo. Cuando finalmente cogí lo que le iba a regalar, una vieja gatillera me encontró y ahí me pegó los tiros. 

Yandel José abre aún más los ojos, pues aunque es un ignorante, está consciente que está bastante cabrón robarse el obsequio que le darías a la mujer que tanto amabas, y que pa’ joder quien te acribille sea una anciana; pero él no era la persona que debía juzgar a su nuevo amigo marioneta, así que continuaron escuchando la conversación. 

La voz que hablaba con Yetzabel le era conocida a Yandel José, pero el fanfarrón niño no podía ver con claridad lo que sucedía; Diaboliquín agarrado de su cuello hacía más incómodo el momento para observar bien toda la escena. 

Yetzabel, pronto voy a dejar a mi mujer, te lo prometo. Digo, y por lo menos nunca dejaste de verme estos meses, mientras estabas con el pendejo de Minguete. ¿Ah, baby? Te he da’o leche estos meses por un tubo y siete de llaves, ¡y cómo te la has bebío!  

Sí, papito, por lo menos me rellenaste como Twinkie. 

Ambos amantes ríen en señal de complicidad y bellaquera, mientras Diaboliquín al otro lado de la ventana abre sus ojos grandemente al descubrir que su amada Yetzabel le estuvo siendo infiel todo este tiempo, y que mientras él hacía pactos satánicos para volver a chuparle la meona, ella se acostaba con otro hombre que la hacía morder el matress.

Yandel José también se sorprendió, pues en efecto Diaboliquín era el cabrón de Minguete, el mismo que una vez borracho violó y asesinó los equinos de su padre. El niño no hizo más preguntas, pues sabía que el corazón de algodón de Diaboliquín estaba deshilándose poco a poco al enterarse de la terrible noticia. 

El dolor de la traición se sintió en lo más profundo del pecho de guata de Diaboliquín, pero estira su cuello lo más que pudo para observar quién era el protagonista de su despecho. Con lágrimas en sus ojos, le pregunta a Yandel José si sabe quién es el maldito hombre que hacía gemir a su amada Yetzabel cuando él no estaba. 

Sí, sé quién es… se llama Oscar, pero le dicen “Palillo”... es mi papá. 

Diaboliquín se bajó del cuello de Yandel José, miró con los ojos aguados al niño, y se agarró su pequeño pecho con su débil mano derecha. El infernal muñeco, el mismo que hasta su último aliento como humano pensó en la dulce, mullida y pulposa vagina de su amada Yetzabel, ahora enfrentaba el peor de los sentimientos humanos: el inclemente despecho. 

De nada valió el pacto con Satanás para volver a hacerle el amor a su querida marinovia, y no sabe qué es peor: si haber muerto por robarle un regalo de cumpleaños o saber que mientras ella le decía “te amo”, era otro quien le regalaba orgasmos. 

Sin más remedio y totalmente rendido, Diaboliquín se acercó al oído del niño, y tratando de que no se le quebrara la voz, le pidió un último favor. 

Yandel José, solo voy a pedirte tres cosas: número uno: al crecer, no seas como yo; sé un títere respetado por tu gente… porque realmente yo no pude serlo. Número dos: por favor, quémame en un dron con tus primos. Eso acabará con mi dolor, me iré al infierno a cumplir mi sentencia, y tus primos te van a respetar al ver que no le tienes miedo al fuego. Yo beberé un shot de thinner, y solo tendrás que tirarme un fósforo. Hazlo con precaución. Número tres: fuiste mi único amigo, y los amigos toman venganza. Te toca terminar la misión y tendrás que vengarme… no olvides que soy el pana que te enseñó a fumar. ¿Podrás hacerlo? 

El chico le dijo que sí, pues a su corta edad sabía que nada podía curar un corazón roto, ya que lo había vivido cuando vio a Kristhilee su primer amor– grajiándose con otro niño detrás del comedor de su escuela. Yandel José y Diaboliquín se dieron un abrazo, de esos abrazos cortos pero profundos que en el silencio del momento gritan que la despedida es para siempre. 

Con lágrimas en sus ojos, cerraron su pacto de hermandad, mientras la tarde se acostaba y se asomaba el inminente fin de esta aventura.

Al caer la noche, Yandel llamó a sus tres primos, y en un dron con dos caballos realengos como testigos, el niño quemó a Diaboliquín como él así lo pidió. Mientras los primos celebraban y Yandel José comenzaba a dar sus primeros pasos como bichote alfa, el pequeño rufián observó el zafacón con fuego y vio la cara de Diaboliquín que le regalaba su última y orgullosasonrisa. 

El vecino Eddie al ver el fuego que provocó Yandel José, le gritó de balcón a balcón a la mamá del menor para contarle de su nueva travesura. Los gritos de Yadira alertaron a Yandel José, quien no le quedó más remedio que regresar a su hogar y enfrentar a su mamá, que ya había preparado el plato con chuletas y papas fritas bañaítas de ketchup. La iracunda mujer se acerca y no viene con ñeñeñés. 

¿Qué carajo tú te crees, muchacho? ¿Por qué prendiste el dron en fuego? ¿Ah, cabrón? 

Yadira se quita la chancleta y con el swing de un pelotero quema la espalda de Yandel con ella. El niño afronta el cantazo sin doblegarse, y la madre del menor no sabía que el fuego en el dron era solo una pequeña fogata, pues lo que vendría  sería el verdadero incendio. 

Mami, papi te las está pegando con una dominicana en el otro la’o del caserío, por eso dice que no podemos cruzar pa’ allá. Se lo está metiendo hace tiempo, y le dijo que va a dejarte a ti pa’ irse con ella. 

La mamá de Yandel José expandió los rotos de su nariz, se paró encabroná de la silla donde hasta hacía media hora miraba tranquilamente Facebook y llamó a sus vecinas, quienes eran sus fieles guerreras.

Se hizo un moño en el pelo, se cambió las chancletas por unas tenis Puma, y fue con sus socias a darle una pela a Yetzabel. Yandel José tomó su plato, le echó más ketchup a las papás y se sintió satisfecho, pues solo le quedaría un favor que cumplirle a su gran amigo, y que solo necesitaría tiempo para realizarlo. 

Desde el caliente y rojizo infierno, Diaboliquín no deja de sonreír. 
#ElDiarioDeEddie 📓✏🇵🇷

Alexis Zárraga Vélez
Derechos reservados ©

El diario de Eddie puedes conseguirlo aquí: 
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8 comentarios

  • Eres demasiado jaja cada vez tus historias son más creativas.

    Cindimary
  • La verdad que cada día escribes mejor jeje me muero de risa , es que me imagino todo, así es el poder descriptivo que tienes.

    Viviana
  • Eres un duro caballo te!!

    Ray
  • Brutal me e reido como nunca esta mui bien redactada no me aburri ni por un segundo..💪10 de 10 Suerte y ojala hagas mas de estas mui buena …

    Aniela R.
  • duro pape🔥🔥🔥 eres el mejor …deberías estar en la tv de verdad

    Alex

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