La playa de los muertos

De golpe abrió los ojos, intentó mover las manos y se dio cuenta que estaba amarrado en las muñecas y en los pies. 

Trató una vez más, pero fracasó en sus aspiraciones de liberarse. Ambos brazos estaban atados con finas sogas. Quizás con un poco de fuerza podría zafarse, pero el hombre estaba muy débil y cansado. Exhaló asustado. Quiso gritar, pero una mordaza -hecha con la tela de una camisa manchada con sangre- impedía que pudiera pedir socorro.

Su delgado cuerpo estaba desnudo en el catre, y las costillas eran la máxima atracción en su pálido torso. Tenía el semblante de Jesuscristo en la cruz, pero más jodío. El desvalido estuvo sudando todo el día por el calor, aunque también sentía fiebre en su cuerpo, un síntoma frecuente en las personas “antes de convertirse”. 

La visibilidad del tipo era muy poca por la oscuridad del lugar, pero su oído era tan agudo que podía escuchar los rabos de las ratas que se paseaban en aquel sucio cuarto, cuyas paredes tenían rastros de sangre y apestaban a mierda seca.

Alguien abre la puerta. El impotente hombre intenta ver quién está parado en la única entrada y salida del oscuro lugar, aunque no puede observar bien.

-¡Cabrggggggggg!-

Sacó fuerzas del culo para tratar de gritar un encolerizado “cabrón”, pero el asqueroso pedazo de tela no le permite liberar su coraje.

Varios pasos suenan… una sombra redonda se acerca hacia el amordazado hombre que está amarrado en el catre. El encamado no puede ver el rostro del ser que se acerca, no sólo por la escasez de luz en el sitio, sino porque la persona tenía puesta una máscara de luchador: la careta era de El Invader.

El obeso enmascarado se aproxima y observa los brazos del enclenque hombre. No ve nada especial que le interese. 

Luego observa su abdomen, y continúa mirando con detenimiento. Sus ojos van bajando por los muslos y estaciona su mirada en la ingle. Abre las piernas del encamado para exponer más la recóndita área, algo que pone muy nervioso al hombre, cuyas bolas de los ojos querían saltar de la cuenca para no tener que ser testigos de esa escena. El enmascarado parece estar intentando examinar algo: quizás buscaba alguna cicatriz, marca o tatuaje… quizás sólo estaba mirándole los huevos al tipo.

-¿Cómo te llamas, hijo de puta? -Le pregunta el enmascarado.

-¡Cabrggggggg! -El encamado intenta responder, pero la mordaza se lo prohíbe.

El mullido con careta sacó su cuchillo y acercó el frío acero al pene del encamado. Con el álgido puñal acaricia el órgano sexual, lo que provoca la reacción natural de la verga en situaciones de pánico: esconderse. El encamado cerró los ojos por la vergüenza, y por unos segundos intentó hacerse “el muerto”.

La cuchilla sigue su ruta hacia el norte, pasando por su barriga hasta atravesar el mismo centro de su pecho sin cortar su piel, solamente palpando la fría y amenazante navaja. El filoso metal recorre la garganta del enclenque llegando a su boca… finalmente, el orondo varón con máscara pica el vomitivo pedazo de tela en la boca del encamado.

-¿Cómo te llamas, maricón? -Dijo el enmascarado con una afeminada voz.

-¡Cabrónnnnn! ¡Puñeta, por fin pude decírtelo!

El enmascarado acerca el cuchillo a los ojos del encamado. Luego aproxima su rostro al del asustado hombre, pone su cuchillo en la garganta y le pregunta si se quiere morir pa’l carajo de una vez y por todas.

-¿Qué hago aquí, cabrón? ¿Quién tú eres?

El encamado le pregunta genuinamente aturdido, pues no sabe cómo terminó en aquel catre amarrado.

-¡Qué me digas dónde estoy o mátame pa’l carajo!

El hombre con la máscara sacó una cantimplora que tenía guardada en el bolsillo del mameluco que vestía. Se acerca con su halitosis severa al rostro del encamado y le pregunta que si tiene sed. El delgado hombre afirma, no sabe ni cuántas horas o días lleva sin beber agua.

-Abre la boca, maricón. -El gordo pregunta mientras sirve el líquido en la taza de la cantimplora.

-¿Cómo te llamas? -Antes de beber, el encamado le pregunta el nombre. Tenía muchas interrogantes que hacer, pero ninguna supera la duda del porqué el gordo llevaba puesta una careta del Invader, aunque no se atrevía a preguntarle.

-Me dicen “Adobo”.

Una nueva sospecha nacía en la cabeza del encamado. Adobo con su fina y majadera voz vuelve a gritarle el encamado para hidratarlo.

-¡Qué abras la boca, coño!

Sin nada más que perder, el encamado abre la boca; unos segundos después, comenzó a escupir el líquido que el enmascarado le estaba dando de la cantimplora. 

-¿Qué pasó? ¿No bebes ginebra, maricón? -El enmascarado comenzó a reírse sin sentido, a la misma vez que se dio un gran sorbo del aguardiente. 

Desde ese momento el encamado estaba seguro que estaba bregando con un maniaco borracho, que además tenía un filoso cuchillo en sus manos y un apodo dudoso. No podía hablarle con agresividad, sino que debía jugar con su mente de forma pacífica.

-¿Me podrías soltar? Estoy muy débil como para hacerte daño. Con sólo uno de tus puntiagudos man boobs podrías noquearme.

Adobo aún desconfía, así que saca una peseta para jugar al azar con la vida del encamado: si salía cara, le perdonaba la vida; si salía cruz, lo mataba. Se dio un buche de ginebra, tomó la peseta y la arrojó al aire con su mano derecha; luego la atrapó con la mano izquierda… y salió cruz.

-¿Qué carajo haces, Adobo? Acaba y suéltame, cabrón.

El enmascarado decide hacerle unas preguntas antes de ejecutarlo.

-¿Cuál es tu nombre? ¿De dónde vienes? ¿Qué hacías cuando comenzó la caída? ¿Te gustan los hombres o las mujeres?

Eran demasiadas preguntas, y aún no comprendía qué tenía que ver sus gustos con la situación, pero no quería agitar a Adobo, quien apretaba el cabo del cuchillo con ganas de rajarle los pulmones.

-Me llamo Ramón, solía ser un intérprete de monos en Lajas. Esos animales eran usados por el gobierno para poder entender a la población de lajeños. Cuando comenzó la caída, me quedé junto a un compañero cuidando de los monos hasta que se acabó la comida; luego de eso los monos se volvieron agresivos y nos querían comer a nosotros

-¿Qué hiciste?- Adobo tiene la misma curiosidad de un inocente niño cuando aprende que hay otros planetas en el espacio diferentes al suyo.

-Hice lo correcto: abrí las jaulas y dejé a mi compañero encerrado para que se lo comieran a él. Después de eso estuve semanas buscando sobrevivientes, hasta que en el espesor del monte encontré a una mujer con grandes ojeras llamada Dagmar, que me ofreció sexo a cambio de comida.

-¿Tuviste sexo con ella?

-No, olvidé decirte que me gustan los hombres.

Adobo era homofóbico, pero quería saber cómo terminaba la historia. Ramón continúa contando lo sucedido.

-La mujer y yo nos fuimos a buscar comida, hasta que llegamos a un lugar que parecía un viejo restaurante chino. Tenía unas letras grandes que decían “Forever flavor”, algo raro para un negocio de chinos, pues los cabrones usualmente le ponían “sun” o “cream” a todos los nombres de sus restaurantes.

Adobo afirma y sigue escuchando con atención.

-Pudimos alimentarnos con comida enlatada y cocinamos un par de rajieros a los que le echamos un sobrecito de salsa soya. También encontramos un té que nos emborrachó, y terminamos teniendo sexo. Claro, ella estuvo dispuesta al sexo anal, del que estoy acostumbrado.

-¿Se lo metiste a una mujer aunque te gustan los hombres? -Ahora era Adobo el tipo de las incógnitas.

-No, ella me lo metió a mí por el culo. Por alguna razón, Dagmar cargaba con un dildo en la mochila.

El caballero con la máscara del Invader ahora está más confuso que cuando llegó al lugar y vio a Ramón amordazado y amarrado.

-Adobo, no sé qué pasó, pero Dagmar y yo caímos dormidos... y al despertar estoy amarrado a un catre con un canto de tela con olor a vómito en la boca. No sé qué pasó con Dagmar.

El enmascarado exhaló… pensó unos segundos... tomó el puñal y lo acercó a las muñecas del hombre que estaba amarrado al catre.

Las manos de Adobo temblaban… demasiado. La máscara también le dificultaba la vista en aquel sombrío lugar, pero él no iba a quitársela. Cualquier ser humano con un poco de razonamiento no hubiese permitido que un ebrio sin buena visión intentara cortar una soga cerca de un brazo, pero Ramón no tenía nada que perder. El caballero con cuerpo de huevo casi le corta la mano derecha al encamado, pero finalmente pudo sortarlo de las sogas. Luego hizo la misma técnica en las piernas del hombre con el único problema de que esta vez sí le cortó el dedo gordo del pie porque los reflejos comenzaron a fallarle por el exceso de ginebra.

Asustado al ver la sangre, el encamascarado no dudó en echarle ginebra en el pie del hombre, lo que provocó los estruendosos gritos del tipo que comenzaba a desangrarse.

-¡ME CAGO EN TU MADRE, ADOBO!

El enmascarado le dio un puño en la cara a Ramón, quien al no tener fuerzas cayó rendido de un solo cantazo. Con la asquerosa tela que antes el encamado cargaba en la boca, Adobo le hizo un torniquete para frenar el sangrado. Atemorizado por el estruendoso grito, rápidamente se acerca a las manchadas ventanas del lugar. Sin hacer ruido, nota a lo lejos algo que parecían personas... las criaturas se acercaban lentamente… el andar de los seres no tenía ritmo y parecían caballos de paso fino con cojera.

Un extraño ruido salía de sus bocas; pero no era un raro idioma, ni siquiera eran palabras. El sonido que balbuceaban era majadero y horrorizante; no eran personas normales, eran los convertidos… también conocidos como zombis.



Sin más remedio el enmascarado tomó al enclenque varón en sus hombros, y sumamente borracho y con ninguno de sus sentidos despiertos, tiró torpemente al delgado hombre en la cabina de su Toyota Pickup ‘94, junto a unas iguanas muertas que había cazado esa misma tarde. 

La guagua inicia su marcha, y después de unos minutos el esquelético logra abrir los párpados con dificultad. Es de noche, y aunque tiene la mirada borrosa, se da cuenta que hay un rótulo en la carretera… el letrero dice “Guánica”... y Ramón vuelve a cerrar los ojos.

****

Ramón abre los ojos y se levanta en la cómoda cama de una habitación que parece un viejo hotel. La luz del sol ilumina toda la recámara y una fresca brisa playera se cuela por la ventana. El hombre observa con sospecha el lugar, hasta que se da cuenta que tiene una suave y limpia bata blanca. 

Lentamente se para de la cama y después de dos pasos se da cuenta que le falta un dedo. El hombre no se alarmó, ya que padecía de diabetes desde niño y estaba claro que algún día perdería alguna de sus extremidades.

Poco a poco comienza a caminar con destino a la ventana.

(Toc, toc)

Alguien abre la puerta… era Adobo.

-Que bueno verte bien, amigo. -La voz del enmascarado era más afeminada cuando hablaba de forma amigable.

-¿Dónde estoy, Adobo?

El obeso con máscara lentamente se acerca a Ramón, le entrega una ziploc con el dedo que le cortó por error y abre las cortinas de la habitación.

-Estás en el antiguo Centro Vacacional AAELA en Guánica, ahora llamado “El refugio”.

Ramón abre los ojos con sorpresa.

-¿Dónde carajo estoy? ¿Pero este edificio no se había jodido con los terremotos del 2020?

-Eso es cierto, el lugar no es seguro. De hecho, puede derrumbarse en cualquier momento.

-¿Y qué carajo hacemos aquí, Adobo?

El enmascarado con su mano derecha le hace el gesto a Ramón de que se acerque a la ventana. Ramón decide hacerle caso.

-¿Ves eso, Ramón?

El mutilado varón observa lo que hay detrás de la ventana. Hay cientos de hambrientos zombis alrededor de toda la playa y solamente una verja de cyclone fence del antiguo centro vacacional evita que invadan el lugar.

-Ramón, esto antes era conocido como Playa Santa… pero ahora la llamamos “La playa de los muertos”.

Adobo se acerca a la puerta del cuarto y ocurre un leve temblor. Ramón no sabe si está más asustado por lo que observa detrás de la ventana o por el maldito movimiento de las placas tectónicas.

-Ese fue leve, el de la madrugada estuvo más fuertecito. -Dijo con cinismo el enmascarado.

Antes de irse de la habitación, Adobo le dice que lo disculpe por lo del dedo y le comenta que pronto vendrán a traerle comida; se despide y cierra la puerta para marcharse.

Al otro lado de la puerta, Adobo escribe en una pequeña pizarra del pasillo que el huésped del cuarto 321 -donde descansaba Ramón- estaba limpio de mordeduras de zombis, así que deberían engordarlo antes de ser usado para alimentar a los miembros de “El refugio”. 

Un inocente Ramón se queda pensativo observando el peligro que hay en las afueras con los podridos y hambrientos zombis empujando la verja, sin saber que ahora está hospedándose en un hostal de caníbales.

Alexis Zárraga Vélez 🦍🇵🇷
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14 comentarios

  • La primera vez que leo uno de tus cuentos cortos, super brutal!!

    José Soto
  • Soberbio…

    Edgar
  • Brutal! Me gusta mucho lo que escribes, ese suspenso y la manera de transportar al lector a esa historia!! Definitivamente súper Cabron!

    Gabriel Rodriguez
  • Brutal !!! Estuve cautiva por tú loca historia. Tratando de entender de dónde viene tú musa para escribir !!! Excepcional !!! Mi respeto para ti !!! Quedé atrapada como Ramón hasta el final !!! Felicidades 😂

    Betsy Falcón
  • Gracias tío por lo que haces, tus escritos me han abierto la chola de que la literatura puede ser tan divertida y refrescante y no siempre tan seria. Ahora digo yo, me intrigas hasta que leo el maldito apodo de Adobo y suelto una carcajada. ¿Cómo puedes lograr eso? Éxitos siempre Alexis!

    Vanessa Avila

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